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RESEÑA para PRENSA

Sacrilegio de Simón Jánicas


Desde el mito y lo fantástico, a la ciencia ficción, esta novela gótica cuenta —en un lenguaje depurado y sugerente— la historia maravillosa y trágica del último pueblo desconocido de la Amazonía: los Iseike. Tribu indígena milenaria, fabuloso pueblo de pueblos que desde el más inexpugnable paraje de la selva se ha proyectado, mágicamente, para reencarnar e infiltrarse en secreto detrás de otras razas y culturas lejanas, contemporáneas, y futuras. Siempre, en todos los tiempos, los Iseike han medrado extendiéndose subrepticiamente por el mundo para operar en el reverso invisible de la historia humana, bajo las máscaras de notables personajes o anónimos ciudadanos: el legendario Rey Wen, la luminaria parisina de la alta costura Emmanuelle Bazin, el otrora obispo de Leticia y futuro heresiarca de la Amazonía, un senador republicano de New York; turistas españoles, japoneses, italianos; un magnate bancario de Panamá y una desconocida periodista colombiana, un parapléjico druso; un infante prisionero en un tanque de cristal y los astronautas del Kuantun Inquisitorial de New York en el año 2333.

De acuerdo con un plan maestro determinado desde tiempos sin memoria, los Iseike proclamarán su mito y cosmovisión en 1999. Aprestados en París, el Medio Oriente, Panamá, Bolivia, Colombia y muchos otros lugares, todos sus adeptos y conversos empezarán a reunirse en New York, para protagonizar los melodramáticos sucesos y rituales primigenios que desatarán un multitudinario carnaval en el Central Park.

De manera inquietante, en esta época futura y más allá, se arriba al tiempo final desde el que se narran los hechos, evocados por un narrador en primera persona. Un ser mítico que cuenta la historia desde la profundidad oscura de la cosmópolis de Ayrebarke en donde yace y sueña; que puede desdoblarse e incursionar libremente a través de personajes y sucesos porque él los encarna y protagoniza. Él es el Ofiuco; el Yo de Yoes que constituye un superorganismo onírico a través del cual los Iseike intentan su gran cometido. Al final, éste ser, enigmático y profundo, emerge a la superficie del planeta desde donde contempla “... lo que jamás debería contemplar ser alguno...”

Será entonces en las galerías de Metropolitan Museum of Arts de New York, durante una muestra de obras artísticas y emblemas arqueológicos que será revelada la “Ignorada pero eficiente y perenne presencia de los Iseieke en los asuntos humanos". Le seguirán 336 años de guerra santa entre dos visiones primordiales y antagónicas. La de un hombre articulado en un solo y único universo creado por el dios de valores absolutos: El orden cerrado. Y el orden abierto de los Iseieke con su humanidad plural “arcaicos hasta la prehistoria, contemporáneos a toda actualidad”.

Asi, en esta novela utópica, cargada de potentes imágenes fantásticas y narradas con un vértigo abrumador, se da cuenta de la zaga milenaria del hombre, en la que millones de seres pertenecientes a muy distintas culturas intuirán impávidos que su propia verdad carece de cualquier fundamento absoluto. Ante el misterio irreductible del universo presienten que toda fe es en gran medida invención, que todo saber es en gran medida creencia y que el verdadero y último sentido nunca será descubierto ni detentado por nadie.

Temáticamente la novela pretende sondear, describir el acceso al infinito interior que todo hombre aloja en su imaginación. Especula en torno a las imágenes de la oscuridad y la luz, del caos y el cosmos, de la podredumbre y la germinación, de la pluralidad y la unidad, del multiverso y el universo: es decir de los flujos de destrucción y creación donde se juega el ser del hombre y sus diversas culturas: no a la guerra de los contrarios, si a la prolífica revolución de las simbiosis.

Simón Jánicas, quien se describe así mismo como un peatón anónimo de las grandes urbes del mundo donde se solaza y sufre con la cultura global, logra con el poder de su lenguaje, y como igualmente llama la atención su editor, llevarnos por una novela sorprendente de la que no se sabe si en realidad enmascara una denuncia por lo demás quimérica o extravagantemente apocalíptica.


por: NELSON FARINA. Escritor y periodista


Diente de León. Editor

280 páginas

Edición en tapa dura y con sobrecubierta, 12x20 cms

ppv $48.000

DIENTE DE LEÓN Editor

Siempre existirán buenas razones para hacer libros.
Y por eso ha brotado Diente de León Editor. Y por demás, buenas razones para aprender siempre a hacer libros libros. Incluso, seguro, podrán ser razones llenas de lugares comunes. Pero qué mejor lugar común que lo baldío, la vera del camino, lo gratuito, la mala hierba…

H.C. Andersen escribiría:
la rama del manzano pudo darse cuenta de que también entre los humanos existen diferencias, exactamente lo mismo que entre las plantas. "Algunas están sólo para adorno, otras sirven para la alimentación, e incluso las hay completamente superfluas", pensó la ramita. (…)

—¡Pobres hierbas descastadas! -exclamó la rama del manzano-. La verdad es que existe una diferencia. ¡Qué desgraciadas deben de sentirse, suponiendo que esas criaturas sean capaces de sentir como nosotras. Naturalmente, es forzoso que haya diferencias; de lo contrario todas seríamos iguales.

Nuestra rama consideró con cierta compasión una especie de flores que crecían en número incontable en campos y baldíos. Nadie las cogía para hacerse un ramo, pues eran demasiado ordinarias. Hasta entre los adoquines crecían: como el último de los hierbajos, asomaban por doquier, y para colmo tenían un nombre de lo mas vulgar: diente de león.

- ¡Pobre planta despreciada! -exclamó la rama del manzano-. Tú no tienes la culpa de ser como eres, tan ordinaria, ni de que te hayan puesto un nombre tan feo. Pero con las plantas ocurre lo que con los hombres: tiene que haber diferencias”.



!Y lo mismo que con los libros!, digo yo.

Es un buen augurio entonces que broten Dientes de León, singulares, que como él mismo, desafíen el concreto y crezcan en cualquier acera, que incomoden, en particular a los que quieren tener un césped perfecto.

Todos sabemos del Diente de León como esa planta simple, alimenticia y curativa. Pero para mayor ilustración, hace parte de los cuatro guerreros nómades de Eleusis: aprendiz de mago alquimista; se ha llegado a considerar como una de las pruebas de la existencia de Dios. Un manuscrito del siglo xiii anota que los magos dicen que si una persona se frotara a si misma con un Diente de León, será bienvenido en todas partes y obtendrá lo que desee. Taraxacum en griego es remedio para los trastornos, pero también purifica la sangre, aperitivo, laxante, cura la anorexia, combate la ceguera nocturna y la obesidad… es comestible; sus hojas más tiernas, que se recolectan al comienzo de la primavera, pueden tomarse en ensalada o hervidas y nos aportan vitamina A, vitamina C y niacina. Más: sus raíces, secadas al sol, son aptas para preparar una infusión de sabor parecido al café y sin los efectos excitantes de éste. Ya ingerido –machacando sus hojas o pasándolas por la licuadora– , el Diente de León actúa como depurativo y diurético y ayuda en la cura y prevención de eccemas, celulitis, vesícula biliar perezosa, insuficiencia hepática. Bastan dos o tres cucharaditas antes de cada comida... ¡Todo esto para enterarnos de cuánto mérito y valor puede tener esta humildísima planta herbácea y vivaz!...

!Todo esto, para decir que los libros de Diente de León procurarán tener las mismas propiedades...

Más lejos, Diente de León es también una vuelta a los recuerdos, a los lugares de las viejas bibliotecas caseras habitadas. Y ya después, trabajadas. Y es justo aquí en donde podemos situar una bella metáfora de Ray Bradbury. Justo ahí se sitúa el corazón de El vino del Diente de León (Del estío).

Se trata de un cúmulo de vivencias experimentadas: La asunción de lo que significa estar realmente vivo, el paso del tiempo, la muerte, la búsqueda de la felicidad... Una ciudad, un campo verde, los amigos, la edad justa y la ausencia de responsabilidades nos conducen a lo mismo que Bradbury atrapa en su metáfora: El hecho de estar vivo y tener todo un mundo que descubrir. Es su esencia, la misma que procuran los libros y su mundo...

En fin, en ella todo gira alrededor del vino del estío, un licor destilado a partir de los Dientes de León y que almacena la esencia del día en que se produjo. Convenientemente almacenado, sirve para traer a la memoria esos instantes que se han ido perdiendo entre los recovecos de la memoria. Como los libros, para ser abiertos en los días tristes…como antídoto o elixir para recuperar no tanto lo que casi hemos perdido, sino lo que aún no hemos hecho.

En verdad, por todo esto, y podría ser por muchísimo más, Diente de León es una deliciosa mala hierba, pero por sobre todo, por su mejor cualidad: la obstinación, que es la misma que nos convoca, en este caso, a publicar esta extraña y profunda y provocadora novela de Simón Jánicas.